Como ocurrió en su día con Barcelona y el mar, Toledo y el río Tajo se darán la mano y dejarán de darse la espalda. La ciudad, un enclave que con criterios defensivos se levantó sobre una colina -y por lo tanto negando el río- va a emprender una de las transformaciones más notables de su larga historia: ni más ni menos que recuperar los márgenes del Tajo para su casco urbano. La revolucionaria restauración paisajística del entorno fluvial ocupará una extensión de 20 kilómetros, de los cuales 19 corresponden a los márgenes del río y algo más de uno al tramo urbano, el casco histórico de la ciudad.
Take me to the river es el lema que Francisco Burgos y Ginés Garrido eligieron para su propuesta. El cogollo fundamental de esta intervención es el tramo que discurre por el casco urbano de Toledo. Una zona despreciada y de muy difícil acceso, porque supone tener que descender unos 80 metros desde el núcleo de la ciudad. Además, la zona contemplada en el proyecto es la más degradada del río, donde se han ido acumulando históricamente laderas de escombro. En la Guerra Civil se arrojaban ahí los restos de las edificaciones destruidas por las bombas, que castigaron especialmente la ciudad. En este tramo es donde se plantean ahora miradores, un salón fluvial, alfombras vegetales, un aula hidraúlica y una zona de reforestación.





